Un salvadoreño refugiado en Guatemala

José Antonio Guardado

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Soy José Antonio Guardado Martínez, nací el 17 de enero de 1959, originario de la República de El Salvador, de padres campesinos. Licenciado en Administración de Empresas y Teología Evangélica, interesado en el tema de Migrantes y Refugiados.

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Contrario a lo que afirman medios internacionales, la canciller Sandra Jovel señala que los migrantes guatemaltecos en EE. UU. reciben “buen trato”. Foto La Hora: José Orozco

Lic. José Antonio Guardado Martínez
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“No vivía en opulencia en mi país, pero venir sin nada, sin familia y sin dinero, fue una situación bastante dura”.

En 2016 abandoné El Salvador tras convertirme en el blanco de una de las dos grandes pandillas que tienen de rodillas a nuestro pueblo laborioso. Pensé en ese fatídico día de madrugada: “Iré a Guatemala”, a trabajar para salir adelante y escapar de la sentencia dada al haber hecho justicia después de recibir duros golpes y perder asesinados a mis tres primeros hijos, y que las débiles leyes de mi país emitieran condena a medias. Digo a medias, porque por el supuesto buen comportamiento de esos individuos en la cárcel, les rebajaron las condenas a la mitad. Fueron condenados a treinta años de prisión y hoy sólo estarán tras las rejas quince años.

No vivía en opulencia en mi país, pero venir sin nada, sin familia y sin dinero, fue una situación bastante dura; al llegar me vi obligado en buscar y aceptar el primer trabajo que pudiera encontrar. Al encontrar trabajo, por ser extranjero y no tener documentación legal de guatemalteco se me pagaba un salario ínfimo. Me desempeñé como bartender de un restaurante en una zona de prestigio y después administré otro de los mismos propietarios. El trabajo incluía horarios extraordinarios, de 10:00 a. m. hasta las 2:00 a. m. de la madrugada. En dichos trabajos nunca fui irrespetado, además, los propietarios me demostraron mucho aprecio y estima. Quedé desempleado porque se declararon en banca rota.

Ante esa situación decidí volver a mi país y quizá enfrentar la muerte de manera temprana. Pero luego reflexioné y decidí no regresar. Por Muchas razones extraño a mi país, mi familia, mi gente y en especial la comida, porque cada país tiene su propia forma de preparar los alimentos que se acostumbra ingerir a diario como dieta alimenticia.

A finales de 2016 decidí quedarme en Guatemala y firmé solicitud de refugio. Ese mismo año se me otorgó el estatuto de Refugiado en la República de Guatemala. En 2017 se me hizo entrega de un documento llamado “Cédula de Identidad R”. Eso me alegró mucho. Sin saber que me enfrentaría a la misma ilegalidad, porque dicho documento en un casi 99% nadie lo toma o considera suficiente para poder ser identificado y estar totalmente legal en República de Guatemala.

A pesar de que supuestamente estoy legal en Guatemala, me sigo sintiendo como indocumentado al sufrir rechazo y marginación por la empresa privada, sector financiero y por el mismo estado, que siempre me exigen la presentación del Documento Personal de Identidad (DPI), como único documento para ser identificado y realizar cualquier trámite en todo el territorio de la República de Guatemala.

Agregado a mi situación y por mí mayoría de edad no logré ubicarme o encontrar un empleo con salario fijo. Solo he trabajado con base en comisiones sobre ventas hechas y gracias a Dios y dos empresas que me han dado una oportunidad laboral. Pero cabe mencionar que en una de las empresas fui irrespetado y humillado por ser refugiado y tuve que renunciar. Porque no vine a eso en este hermoso país. He continuado buscando nuevas oportunidades sin poder encontrarlas.

Los pueblos o tierras que no me vieron nacer nunca serán iguales a los nuestros, porque estando acá he sufrido, pero siempre han aparecido excelentes personas con suficiente calidad humana. Con respecto a la asistencia como refugiado que me ofrecieron sigo considerando que no ha sido completa y sigo luchando para salir adelante con el panorama o esperanza que nada será imposible.

Quiero dejar constancia de que no es fácil dejar de pensar y extrañar a mi familia, a mi esposa con mis dos últimos hijos que aún están en riesgo en mi país y que por mi situación económica no los puedo traer conmigo. Llevo dos años y meses de no verlos y darles abrazos y decirles a viva voz que les amo.

Por último, continúo confiando en Dios, que antes de cerrar mis ojos para descansar eternamente los volveré a ver o juntarnos para vivir una vida mejor, sin ser perseguido.