Persecución por estigma contra salvadoreños y hondureños; migrantes y refugiados

José Antonio Guardado

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Soy José Antonio Guardado Martínez, nací el 17 de enero de 1959, originario de la República de El Salvador, de padres campesinos. Licenciado en Administración de Empresas y Teología Evangélica, interesado en el tema de Migrantes y Refugiados.

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Lic. José Antonio Guardado Martínez
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A manera de señalamiento o denuncia pública por medio de mi puño y letra alzo mi voz contra una nueva forma de desesperar a migrantes y a los que gozamos de la protección con la Condición de Refugio en Guatemala por parte de las autoridades, específicamente por miembros de la Policía Nacional Civil (PNC).

Dicho accionar o acoso puesto en práctica supongo se debe a la total ignorancia de ciertos tratados internacionales firmados por el gobierno de Guatemala, y que por medio de los cuales se ha comprometido a salvaguardar y proteger la vida de todo extranjero que haya huido de su país de origen por motivos que no están o riñen con leyes nacionales.

A delincuentes no da protección la Organización de las Naciones Unidas (ONU), por medio de la misma Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados (ACNUR) instalada en esta República de Guatemala. Persecución por estigma contra salvadoreños y hondureños; Migrantes y Refugiados es la peor situación que estamos viviendo en esta tierra. Aclaro que uno de los significados de la palabra Estigma es: “Señal o física que constituye una deshonra para alguien y que provoca rechazo social”. Corre un decir que todos los salvadoreños y hondureños “son pandilleros” y que no tenemos nada que hacer o buscar en Guatemala. “A todos los mandaremos de regreso a su tierra”, expresó un alcalde de una ciudad del departamento de Guatemala.

Pero a las pruebas me remito porque delincuentes no somos y en igual forma mis hermanos hondureños. Qué ha sucedido con las autoridades, porque ellas mismas han estigmatizado de esa forma a cada uno de los que gozamos del régimen de protección. Previa identificación cuando al azar se da y son ellos que de manera inmediata nos señalan sin ningún reparo que somos eso: “pandilleros”. También sucede de manera reiterada al volvernos a identificar que les digamos donde estamos organizando la clica.

Así se ofende sin pena ni gloria. Enfrentamos una nueva lucha para aclarar que no somos lo que se dice. Señores o autoridades cumplan con su trabajo y den inicio, pero de verdad en la prevención del delito.

No solo señalen, porque el cáncer pandilleril está enquistado en toda Centroamérica, pero más en El Salvador, Honduras y Guatemala, aunque duela decirlo, debemos aceptarlo, pero parte de esa lacra no todo un país es miembro u organizador. Ahora bien sería saludable una respuesta porque no escribo sólo por llenar un espacio con mi columna, tengo bien fundada mi posición o lo que señalo.

Pero pareciera que siempre hay oídos, que pudiendo oír no oyen y más ciegos que no quieren ver la dura realidad de mal trato contra seres humanos que nada debemos y que sin ser culpables se nos condena y se estigmatiza por nuestra nacionalidad. Por último ¿en dónde está la Procuraduría de los Derechos Humanos (PDH), entonces?