Exportamos lo que somos

Por Lourdes Hércules

Pasé una Navidad como jamás imaginé, en un país donde el 24 y 25 de diciembre son como cualquier otro día. Un país de mayoría ortodoxa que celebra la fiesta el 7 de enero. Nada de luces, ponche y tamales. Tampoco el cálido abrazo de medianoche. Lejos de llenarme de asombro o nostalgia, preferí verlo como una oportunidad de conocer nuevas perspectivas que enriquecen.

Es así. La migración es un cruce de fronteras físicas pero también culturales, los horizontes se expanden y la visión del mundo es más amplia. Existe una especie de metamorfosis cultural, pero sobretodo, un intercambio.

No es verdad que el extranjero cuando llega a un destino se ve obligado a adquirir la cultura del país que lo acoge. Tampoco el migrante llega en plan de conquista a querer imponer la suya a otro. Para ser precisa, no existen culturas solamente donantes y culturas solamente receptoras. El sociólogo francés Roger Bastide define este tipo de procesos como cruces culturales y explica que se trata de una reciprocidad de influencia.

Sin embargo, esta reciprocidad está ligada a un factor importante: la apertura o cierre de la sociedad en contacto y si son más o menos permeables. Podría quedarme en el discurso de saber cuánto las ciudades receptoras de migrantes son capaces de acoger la cultura de nuestros connacionales. Pero prefiero hacerlo a la inversa: ¿Cuánto los guatemaltecos somos capaces de acoger al que piensa o actúa diverso a nosotros?

En un lenguaje digital podríamos cuestionarnos si en verdad podemos comentar y recibir comentarios de quienes opinan diferente o por el contrario dejamos de seguir, silenciamos o bloqueamos a quienes no comparten nuestra visión. No podemos pedir algo que no somos capaces de dar.

Bastide utiliza los procesos de migración para explicar los conceptos de intercambios culturales y señala que no se parte de la cultura para explicar la aculturación sino de la aculturación para explicar la cultura. Es decir, nuestra identidad está definida por la capacidad de permitir que otros vean en nosotros una oportunidad de exprimir su cultura.

Basta entender que tenemos mucho que dar y también muchísimo que recibir, que no podemos detener el proceso de globalización y el intercambio cultural. Lo mejor que podemos hacer es agudizar nuestra capacidad de adaptación, pero sin perder nuestras raíces, valores y riqueza cultural.