Centroamérica la mala

POR EDNA SANDOVAL
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California

Un niño hondureño cruza la frontera de la mano de su madre. El niño va cansado, pero encuentra alivio en la cotidiana distracción típica del infante. Su progenitora, Rosario, exhausta lleva en su mochila una mudada de ropa para ella, menesteres para su hijo, juguetes, y un poco de comida para espantar el hambre de cuando en cuando. Con la llegada a Tijuana, pareciera que el viaje está a punto de culminar para estos dos después de un mes de travesía.

La mujer y su hijo son parte de una caravana, una marabunta que cruza México en busca de asilo en Estados Unidos. Si los ponemos a todos juntos son alrededor de 350 inmigrantes centroamericanos que comenzaron la travesía de cruzar la frontera atravesando México y llegaron hasta la frontera de Tijuana que converge a California, San Diego.

El grupo lleva en su mayoría a familias centroamericanas provenientes del Triángulo Norte y algunos de Nicaragua. Apoyados por la organización no gubernamental Pueblo sin Fronteras que brindó apoyo para proteger a los migrantes de la criminalidad común y organizada del recorrido clandestino. La Caravana Centroamericana llegó la semana pasada a las playas de Tijuana, en donde fueron recibidos por activistas, organizadores y contados medios que difundieron la historia como otra crisis migratoria más que entra a Estados Unidos como una piedra en el zapato para las nuevas políticas de Trump. Titulares desbordan, en donde se refiere a estos migrantes como otro problema más con el cual Estados Unidos tiene que aprender a lidiar. La retórica usada mediáticamente para lidiar con esta crisis ignora totalmente las raíces del problema, las cuales también surgen de las políticas intervencionistas de Estados Unidos en Centroamérica en tiempos de guerra desde finales de los años 70, hasta finales de los 90. Por ejemplo, el 77 por ciento de los homicidios cometidos en Centroamérica son por armas de fuego, las cuales existen en la clandestinidad a raíz de los depósitos de armas dejados internamente a finales de las guerras civiles. Estas armas fueron proporcionadas mayormente por el gobierno de Estados Unidos bajo la estrategia de la Operación Cóndor y la institución de la Escuela de las Américas y son ahora estas mismas armas usadas por el crimen organizado que asedia a quienes buscan un mejor futuro de este lado del mundo.

El rol de Estados Unidos no solo se resume a su contabilidad histórica en estrategias de intervención, pero también a políticas de deportación masivas en las últimas décadas. El problema de la violencia en Centroamérica culmina con las famosas “Maras” (pandillas) que han doblado los números de asesinatos violentos desde los tiempos de guerra. Las maras más nombradas en titulares como la MS13, 18, Breakeros, no nacen en la pobreza analfabeta de Centroamérica, sino que nacen aquí, en Los Ángeles, California. A finales de los años 80 y principio de los 90 Estados Unidos creó una estrategia de deportación de pandilleros con antecedentes penales, alrededor de 4 mil 200 pandilleros fueron deportados a Centroamérica, en donde encontraron países en medio de la guerra y la represión militar. El caldo de cultivo de la desigualdad y la corrupción aumentó el número de los pandilleros en el triángulo norte un 1,500 por ciento en solo veinte años. Esto significa que el problema de la violencia no tiene una sola dimensión y en su complejidad estos problemas se intensifican más para los más marginados.

Rosario, abraza a su hijo, ahora del lado de Estados Unidos, un solo caso del grupo que entró como La Caravana centroamericana buscando asilo. Si estuviéramos contando una historia con final nos conformaríamos con imaginar a una madre que finalmente logró cruzar la frontera. Pero cruzar la frontera significa ingresar a un centro de detención privado en donde el futuro es igual de incierto como precario. Niños encarcelados porque un papel decide que no hay espacio para quienes nacieron sin privilegio, madres encerradas aún con el duelo de asesinatos de seres amados en su país. Personas dejándolo todo para venir a California a limpiar mesas y podar jardines en la clandestinidad de la ilegalidad, de la alienación.

No basta esperar a ver historias felices, en donde la gente logra el sueño americano. Tokenizar a Rosario esperando que logre obtener papeles como refugiada es una solución romántica, inefectiva y paternalista. La solución al problema no existe en las miserables cuotas de ingresos legales a Estados Unidos. Las cuotas son políticas de alivio para solapar el rol que Estados Unidos tiene con la crisis de nuestros países y la responsabilidad de compensación histórica.

Los inmigrantes no queremos caridad, queremos dignidad.